La campaña militar de EE. UU. e Israel contra Irán, iniciada con objetivos que iban desde incitar la agitación interna hasta desmantelar su programa nuclear, ha concluido sin lograr sus metas declaradas, según un análisis de Middle East Eye publicado el 19 de abril de 2026. En cambio, Irán consolidó su autoridad de gobierno y demostró su capacidad para interrumpir el suministro global de energía, particularmente a través del Estrecho de Ormuz. Este resultado presenta una realidad compleja para la estrategia regional de Washington y sus aliados, sugiere el informe.
La campaña contra Irán, que se extendió durante varios años, apuntó a una serie de objetivos. Sus metas incluían incitar la agitación interna, buscar un cambio de régimen, desmantelar el programa nuclear civil de Irán, eliminar su capacidad misilística y abrir incondicionalmente el Estrecho de Ormuz. Ninguno de estos objetivos se logró visiblemente, indica el análisis de Middle East Eye.
Más bien, la campaña en gran medida no cumplió sus ambiciosas promesas. Irán, a pesar de sufrir numerosas bajas civiles y el asesinato de figuras de liderazgo de primer y segundo nivel, mantuvo con éxito e incluso reforzó su autoridad de gobierno. Esta resiliencia sorprendió a muchos observadores.
Desafió las expectativas. Teherán, por su parte, llevó a cabo una campaña asimétrica sostenida y gradualmente escalada durante todo el conflicto. Esta estrategia sometió a la región en general a una presión considerable.
Irán demostró su capacidad para interrumpir el suministro global de energía. Afirmó el control sobre el crítico Estrecho de Ormuz. Posteriormente, EE. UU. declaró un alto el fuego.
No hubo negociaciones previas visibles con Irán. Estos factores combinados podrían interpretarse razonablemente como una victoria iraní, según el informe de Middle East Eye. La región observó de cerca.
La administración del presidente Donald Trump se enfrentó al desafío de presentar este resultado como una victoria, una tarea que a muchos les resultó difícil de comprender. Sus acciones encajan en un patrón más amplio de amenazas vacías y estrategias cambiantes. Un lenguaje incendiario y una retórica extrema caracterizaron sus declaraciones públicas, incluyendo en ocasiones referencias a la eliminación de la civilización iraní.
El análisis de Middle East Eye describe el liderazgo estadounidense durante este período como figuras en gran parte no expertas e hipermasculinas que intentaban preservar una posición global en declive. Este enfoque, argumenta el informe, corría el riesgo de debilitar aún más la propia posición de Estados Unidos mientras fortalecía inadvertidamente a sus adversarios declarados. La política dice una cosa.
La realidad dice otra. Esto no quiere decir que el presidente Trump careciera de inteligencia o conciencia de sus acciones. Parecía percibir correctamente a Estados Unidos como una potencia en declive que enfrentaba una competencia creciente, particularmente de China, señaló el análisis.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. ha actuado con frecuencia como una potencia global agresiva e intervencionista. A menudo utilizó medios abiertos y encubiertos para ejercer influencia, a veces ignorando el derecho internacional. Lo que ocurrió en la reciente campaña contra Irán no es nuevo; patrones similares han sido evidentes en Oriente Medio durante décadas.
El Estrecho de Ormuz, una vía marítima estrecha que conecta el Golfo Pérsico con el océano abierto, se convirtió en un punto focal. Su control ahora recae efectivamente en Irán. Este es un cambio significativo en la dinámica de poder regional.
Solo más recientemente, a medida que la presión estadounidense se extendió hacia Europa –por ejemplo, en relación con Groenlandia– los europeos comenzaron a reconocer estas dinámicas como amenazantes. Habían tolerado durante mucho tiempo acciones similares cuando se aplicaban en otros lugares. Dentro de este contexto, la agenda más amplia del presidente Trump para mantener el dominio global parecía incluir varios objetivos clave.
Estos incluían la relocalización y el control de las industrias de alta tecnología e inteligencia artificial, asegurar el acceso a los recursos energéticos y de tierras raras, posicionar a Estados Unidos como un exportador global líder y árbitro clave de los flujos de petróleo y gas, y dominar las principales rutas marítimas y comerciales. Además, la estrategia implicaba reducir los compromisos con Europa, acercar a Rusia a EE. UU. y alejarla de China, y otorgar a Israel un mayor control en Oriente Medio para reducir los costos de EE. UU. en la región. Sin embargo, esta ambiciosa estrategia se vio socavada por un enfoque excesivamente agresivo y egocéntrico, lo que dificultó su ejecución efectiva, sugirió el análisis de Middle East Eye.
Como resultado, muchas de las acciones de Trump resultaron contraproducentes, causando un daño significativo tanto a su propia posición como a sus objetivos estratégicos más amplios. Las consecuencias humanas de este enfoque fueron graves. Contribuyó a la inestabilidad global y a la pérdida de vidas.
Una consecuencia interna del segundo mandato de Trump fue un cambio notable dentro de la derecha, particularmente entre segmentos del movimiento Maga. Estos grupos comenzaron a oponerse a su agenda y a su estrecha alineación con Israel. La administración Trump, sugiere el análisis, pareció haber sido influenciada por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y sus asociados para participar en esta agresión contra Irán.
Esto ocurrió haciendo caso omiso de los llamamientos en contra de los aliados del Golfo. Las afirmaciones de una victoria rápida y decisiva finalmente no se materializaron. El cambio se hizo evidente cuando Tucker Carlson, una voz prominente de la derecha estadounidense, comenzó a cuestionar abiertamente el enfoque de la administración, una notable divergencia de los respaldos conservadores tradicionales.
Sus palabras resonaron. Lo que esto realmente significa para su familia es un mercado energético global menos estable. Es poco probable que la persistencia de dobles raseros en los tratos internacionales con Irán sea aceptada en el futuro.
Esta división emergente erosionó gradualmente la base de apoyo de Trump y debilitó su posición a nivel nacional. Por lo tanto, se puede argumentar que Israel también salió de este conflicto como un perdedor. Su pérdida más significativa, según el análisis de Middle East Eye, fue el apoyo del público estadounidense, que antes se daba por sentado.
Ambas partes reclaman la victoria. Aquí están los números: Irán mantuvo su autoridad, mientras que los objetivos de EE. UU. e Israel no se cumplieron. El apoyo flaqueó.
Otro ámbito en el que se puede considerar que Israel se quedó corto es su incapacidad para desarmar completamente al movimiento libanés Hezbolá. Si bien Israel infligió daños significativos al liderazgo y las capacidades operativas de la organización, Hezbolá parece haber conservado su capacidad para lanzar misiles y drones. También mantuvo su capacidad para enfrentar incursiones terrestres israelíes.
El éxito más tangible de Israel, en cambio, residió en la profundización de las divisiones sectarias internas en el Líbano. Esto ocurrió junto con el actual movimiento del Líbano hacia negociaciones directas con Israel desde una posición de marcada debilidad. En este sentido, el Líbano concedió efectivamente a través de procesos políticos lo que Israel no pudo asegurar por medios militares.
Los estados del Golfo también pueden considerarse entre los perdedores relativos de esta confrontación. Habían invertido fuertemente en las garantías de seguridad de EE. UU. Ahora, se han enfrentado a la realidad de que los intereses de seguridad israelíes a menudo tienen prioridad en el cálculo estratégico de Washington, informó el análisis de Middle East Eye.
Esta escalada no solo socavó la imagen cuidadosamente cultivada del Golfo como un entorno de inversión estable y seguro, sino que también expuso vulnerabilidades en su infraestructura energética. Por ejemplo, la ciudad portuaria de Jebel Ali, un centro de transporte crucial en los Emiratos Árabes Unidos, experimentó importantes interrupciones operativas. Esto afectó las cadenas de suministro globales.
Las primas de seguro para los buques que transitan por el Golfo se dispararon un 15% a finales de marzo. Las líneas de suministro se vieron bajo presión. La incertidumbre continua en torno al Estrecho de Ormuz, junto con el tiempo necesario para reparar y restaurar las capacidades de exportación, corre el riesgo de prolongar la interrupción económica.
Mientras tanto, Estados Unidos está en posición de expandir su propia cuota en los mercados energéticos globales a través de un aumento en las exportaciones de petróleo y gas. El Estrecho de Ormuz ahora parece estar efectivamente bajo control iraní. Esta consecuencia no deseada, sugiere el análisis de Middle East Eye, no fue anticipada por la administración Trump.
Efectivamente, creó una crisis donde antes no existía ninguna, reflejando otra instancia de extralimitación estratégica de EE. UU. Este error de cálculo hace eco de errores estratégicos anteriores de EE. UU., como la invasión de Irak en 2003, que finalmente fortaleció la influencia de Irán dentro de Irak y contribuyó al surgimiento de un sistema político débil, sectario, fragmentado y externamente influenciado. Los ecos eran claros.
La imagen global tanto del presidente Trump como de Estados Unidos ha sido significativamente dañada. Si bien tales percepciones han existido durante mucho tiempo en partes de Oriente Medio y el Sur Global, ahora son cada vez más visibles también en Europa. Si esto se traducirá en una pérdida de poder político a nivel nacional para Trump sigue siendo incierto.
Sin embargo, ejerció una presión considerable sobre las normas de gobernanza establecidas de EE. UU. durante su segundo mandato. La medida en que esto ha sido tolerado plantea importantes preguntas sobre la resiliencia y la naturaleza de las instituciones democráticas estadounidenses. Esto no se trata solo de geopolítica; se trata de los cimientos mismos de cómo operan las naciones y lo que eso significa para las personas que intentan construir una vida a través de las fronteras.
La democracia se enfrenta a un escrutinio. Puntos clave: - La campaña militar de EE. UU. e Israel contra Irán concluyó sin lograr sus objetivos declarados, con Irán manteniendo y reforzando su autoridad. - El conflicto expuso una creciente división dentro de la derecha estadounidense con respecto a la alineación con Israel, erosionando el apoyo interno a la administración Trump. - Los estados del Golfo, que invirtieron fuertemente en garantías de seguridad de EE. UU., emergieron como perdedores relativos, enfrentando interrupciones económicas y preguntas sobre las prioridades de Washington. Por qué importa: Este resultado remodela fundamentalmente la dinámica de poder en Oriente Medio, cuestionando la eficacia de las campañas militares agresivas para lograr objetivos geopolíticos complejos.
Para las familias trabajadoras, especialmente aquellas que dependen de precios estables de la energía y del comercio global, la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz podría traducirse en costos más altos para todo, desde la gasolina hasta los bienes importados. También destaca un cambio crítico en cómo se perciben las potencias globales, lo que podría afectar las alianzas internacionales y los acuerdos comerciales en los años venideros. Las implicaciones a largo plazo para la estabilidad regional y la seguridad energética global son sustanciales, impactando economías mucho más allá de la zona de conflicto inmediata.
De cara al futuro, es probable que el gobierno iraní se arraigue y se muestre más resuelto en su posición. Esto se refleja en su negativa a ceder durante las recientes negociaciones en Pakistán y su continua adhesión a las demandas estratégicas fundamentales. Durante la última década, Irán ha percibido múltiples instancias en las que EE. UU. actuó de manera engañosa y de mala fe.
Estos incluyen su retirada unilateral del acuerdo nuclear de 2015, la acción militar durante las negociaciones de junio pasado y el último ataque durante las conversaciones mediadas por Omán. Bajo tales circunstancias, es difícil ver por qué Irán volvería a confiar en EE. UU. De manera similar, la percibida inacción de los gobiernos europeos en medio de estos acontecimientos plantea preguntas sobre su credibilidad desde la perspectiva de Irán.
Los observadores estarán atentos a cualquier cambio en la postura diplomática iraní o a nuevos intentos de desescalada, aunque la confianza sigue profundamente fracturada. Los aliados del Golfo se enfrentan a la carga de reparar daños infraestructurales, posibles pérdidas en la cuota de mercado energético global y una incertidumbre prolongada sobre la seguridad y la gobernanza futuras del Estrecho de Ormuz. Sus próximos movimientos, particularmente en lo que respecta a las asociaciones de seguridad regional, serán críticos.
Puntos clave
— - La campaña militar de EE. UU. e Israel contra Irán concluyó sin lograr sus objetivos declarados, con Irán manteniendo y reforzando su autoridad.
— - Irán obtuvo el control efectivo del Estrecho de Ormuz, un punto de estrangulamiento energético global crítico, interrumpiendo las cadenas de suministro globales.
— - El conflicto expuso una creciente división dentro de la derecha estadounidense con respecto a la alineación con Israel, erosionando el apoyo interno a la administración Trump.
— - Los estados del Golfo, que invirtieron fuertemente en garantías de seguridad de EE. UU., emergieron como perdedores relativos, enfrentando interrupciones económicas y preguntas sobre las prioridades de Washington.
Fuente: Middle East Eye
